¿Sí de
acuerdo?
Por Pablo Besarón.
Postlectores
Una observación de sentido común bastante extendida nos dice que hoy
en día, la gente lee menos. Esto no es cierto. O, en todo caso, es parcialmente
cierto. La última generación de lectores (si es que cabe el término),
refiriéndonos concretamente a Latinoamérica, se difuminó con la llegada de los
años ochenta. Esta “última generación de lectores” coincidió con aquello que
suele llamarse el boom latinoamericano, esto es, una serie de escritores e
intelectuales más que considerables que en el lapso de unos pocos años (de 1962
a fines de los setenta por poner alguna fecha), se dieron a la luz (García
Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Onetti, Carlos Fuentes, Alejo Carpentier o
José Lezama Lima entre otros), y, además de producir literatura y escritura de
alto vuelo, se producía una buena recepción de estos autores en franjas
bastante extensas de las clases medias (y no tan clases medias) de todo el
hemisferio.
Retomando lo antedicho. No es
que hoy en día se lea menos; incluso,
todo lo contrario. En todo caso, ocurre que la lectura se ha diversificado.
Cada vez menos existe el culto al libro como principal instancia de acceso a la
lectura, sea al placer de la lectura como al acceso al conocimiento por medio
de libros. Se lee todo el tiempo en la vida cotidiana: gráfica en las calles,
revistas de todo tipo, publicidades en t.v., información extraída de internet:
cada vez más hay un exceso de información que leemos, o que se nos impone leer
ante apariciones subrepticias de la industria publicitaria.
En este contexto de lectura,
hay ciertos libros y géneros discursivos que sobreviven a la desersión de gran
parte de los lectores de aquellos libros cuya función discursiva básica tiene
que ver con la autorreflexividad crítica o con la estética bien entendida. Los
libros que sobreviven a la lectura, son aquellos que en principio pueden
llamarse “Best Sellers”. Dentro de esta gran categoría, pueden incluirse lo que
hoy en día se llaman novelas históricas, relatos de ciencia ficción, de
espionaje, o libros de autoayuda. “La burguesía está harta de metáforas”,
podría decirse como una primera aproximación al estudio de este fenómeno de
lectura. Quiero decir, se opta por leer libros claros, denotativos,
que hablen de la “realidad”, que cumplan una función similar a la que cumple la
televisión (entretener), o, simplemente, que impliquen una reflexividad llana y
simplista del mundo, planteada como una suma de recetas a ser aplicadas por el
lector ávido de consejos útiles para poder manejar mejor su vida.
En este circuito, leer la
Antidieta, el Método Silva de Control Mental, los relatos de Paulo Cohelo, o Sí... ¡de acuerdo!, se inscriben dentro
de un mismo proceso. Se trata de una escritura en común cuya propuesta nos
viene a decir: sigue mis consejos, y tu vida estará encaminada por la senda del
éxito. Postura simplista si las hay. A su vez, esta propuesta enunciativa,
puede pensarse como la subordinación del trabajo intelectual a una visión de
mundo que viene de la industria cultural, el marketing, y la publicidad.
Entendámosnos: no se trata de negar todas estas instancias, sino, más bien, de
poner ciertos límites, que no todo sea lo mismo.
Homogeneizar,
mercantilizar...
Una de las cualidades para
definir qué es el dinero, consiste en que homogeneiza todo bien o servicio. Un
libro de Borges vale $20, lo mismo que un vino de medio pelo, o un repuesto
para el automóvil. Ocurre que esta cualidad del dinero, más que rescatable,
entre otros aspectos, para que haya comunicación a partir de ciertos patrones
comunes aplicables a todos los individuos y a todos los casos, esta misma
homogeneización que apareja el dinero acarrea consecuencias negativas si se la
aplica a otras esferas de la vida social y cultural. En última instancia, la
cultura en sí misma se define a partir de la diferencia (la primer diferencia,
como ya es un lugar común en la antropología, consiste en la diferencia o el
pasaje de la naturaleza a la cultura): “No es todo lo mismo”.
Este proceso de
mercantilización de la cultura puede verse fundamentalmente a partir de una
serie de propuestas enunciativas de los libros de autoayuda que toman prestadas
de las estrategias de mercado.
Lectura
erronea
Cabe aclarar que el modo de
leer Sí... ¡de acuerdo! propuesto es
una lectura errónea. Una lectura lateral y no presupuesta según la eficacia
explícita que plantea el texto.
El texto en sí mismo no está
organizado para ser sometido a una crítica, ya que plantea una supuesta verdad
a ser aplicable y comprobada por la experiencia.
En cuanto a los orígenes del
género discursivo, hay que remontarse a la retórica griega y latina. Se trata,
como en los manuales de retórica, de un discurso sobre el discurso, con una finalidad
práctico-aplicable, una técnica de la persuación, una ciencia sobre los efectos
del lenguaje y una clasificación de esos fenómenos (cfr. Barthes, Rolland, La retórica antigua).
Un
texto apolíneo e iluminista
La visión de mundo del texto,
por lo menos en su fachada más superficial, es apolínea e iluminista. Apolínea
en cuanto se aspira a lograr la armonía, el bien común, o al bien en sí mismo.
Iluminista en cuanto se parte de ciertos postulados básicos, como ser una gran
confianza en acceder a la comunicación y el entendimiento por medio de la razón
entendida como único valor justo aplicable a la totalidad de las prácticas de
los hombres, o la creencia en la existencia de criterios objetivos para juzgar
ciertas situaciones, o la aspiración a que se puede llegar a un acuerdo
teniendo como presupuesto una suerte de individuo universal.
Yo /
el otro
El problema del libro es la
subjetividad y la diferencia. Para hacer un acuerdo, hacen falta, por lo menos,
dos personas. Las personas son todas diferentes y suelen desenvolverse a partir
de criterios subjetivos y personales. Esto es un problema: existe el yo (el
“negociador”), y existe el otro (la otra parte en el proceso de negociación).
¿Cómo hacer para que se acorte esta brecha entre yo y el otro?, es la pregunta
básica que motiva al libro.
Los
límites del método
El texto está estructurado en
tres partes. La primera de ellas, es lo que puede denominarse la crítica a los
métodos de negociación anteriores a la propuesta de los autores: la crítica a
la negociación según posiciones, es decir, según posturas cerradas en el sí
mismo de cada una de las partes, sin tenerse en cuenta la interacción y la
búsqueda de acuerdo sin ceder demasiado.
La segunda parte del libro
consiste en la propuesta de los autores, la explicitación de su método de
negociación, aquello que denominan la negociación según principios. La
propuesta (que a su vez es el objetivo del libro), consiste en crear un modelo
a priori de negociación que sea aplicable a la totalidad de los casos. Para
ello, se parte de cuatro principios: separar a las personas del problema,
fijarse en los intereses que suelen ser implícitos y no en las posiciones
explícitas, pensar en varias posibilidades en el proceso de negociación, y
basar el acuerdo en criterios objetivos.
La tercera parte del libro es
lo que podemos denominar los límites del método y sus hipótesis ad-hoc. En este
apartado, se plantean una serie de casos en los cuales no es viable el método
planteado, así como algunas hipótesis ad-hoc que se agregan para que no se
desmorone el método en ciertos casos. Por ejemplo, ante la pregunta, ¿qué pasa
si aquel con quien se negocia es más poderoso? En este caso, se recomienda, o
simplemente claudicar, o aceptar las imposiones del más poderoso como último
recurso y según los márgenes que se tenga para imponer condiciones, o tener un
resto, aquello que los autores denominan tu MAAN, que vendría a ser o la
búsqueda de alternativas fuera del acuerdo para hallar otros interesados, o
dicho de un modo más llano, recurrir al Plan B.
En este tercer apartado del
libro, el texto cae en su propia trampa, reconoce los límites del método, o
contradice lo dicho con anterioridad. Por ejemplo, se admite que para ciertos
casos, conviene negociar según posiciones. No sólo eso: se acepta que, en
última instancia, todos negociamos según posiciones.
Otro aspecto interesante de
esta tercer parte del texto, consiste en que se explicita sin eufemismos
cuestiones que se logran advertir en su escritura pero dichas a medias. “El poder de negociación es la capacidad de
convencer a alguien de que haga algo” (p.206). Esta frase reveladora,
desmorona gran parte del texto. Algo que puede rastrearse a lo largo del libro
es una suerte de paradoja del enunciador: por un lado, se apela a un tú (al
"negociador") a quien está dirigida la voz discursiva básica del
libro; pero, a su vez, constantemente se recurre a hablar de la interacción, la
comunicación, la armonía o el bien común. El texto se pone en evidencia.
Negociar es convencer a alguien de que haga algo. Bien, nos vamos entendiendo.
¿Y qué pasó con el bien común? Bueno..., eso es historia pasada, utopía
comunicacional, o simple fachada.
Otra frase reveladora es
cuando se nos dice que hoy en día con sólo tener bombas, no alcanza para
imponerse en una negociación. Vale decir: hay que cambiar de estrategia por una
cuestión de eficacia y no de principio o de creencia en el bien común en cuanto
tal.
Precisamente, una visión
bastante recurrente del texto (que tiene su origen en la retórica clásica, con
un punto de inflexión en la teoría política con Maquiavelo), consiste en que
todo es ficcional. Existe el lenguaje, que no es otra cosa que un conjunto de
artificios destinados a cumplir objetivos mediante estrategias. Se puede ser
humano, comprensivo o sociable, pero siempre se trata de posiciones
discursivas, ficciones enunciativas aplicables según los casos y en base a
eficacias hipotéticas. Si todo es ficcional, entonces, no existen los
principios, se podría agregar. No existe la ética humanista desde ningún punto
de vista, para dar un solo caso.
La
vida: Lo práctico-utilitario
La frase con la cual comienza
el libro es un lugar común: Todo es negociación; en nuestra vida cotidiana,
negociamos constantemente con padres, esposas, amigos, comerciantes, etc. Vale
decir: todo es lo mismo; toda interacción humana está regida por un principio
práctico-utilitario fundado en la conveniencia personal. Este modo de pensar es
otra consecuencia de la homogeneización, en este caso, se homogeneizan todas
las prácticas sociales y comunicacionales, donde lo que se privilegia es un
principio de maximizar beneficios a bajo costo: una mercantilización de la
conciencia donde el patrón de cambio tomado como modelo es el usufructo
mercantil.
Lo práctico-utilitario puede
verse en el marco teórico implícito (marco teórico implícito, ya que no se
mencionan autores ni escuelas filosóficas, ya que otra de las propuestas
implícitas de este tipo de escritura consiste en negar lo intelectual, la cita,
la intertextualidad, presuponiéndose a un lector a quien si se le menciona
demasiado a Freud, a Wittgenstein o a Kafka, se corre el riesgo de que todos
salgan espantados ante una erudicción temida y no deseada).
Se podría hablar de una
antropología utilitaria (conocer al otro pero para poder manipularlo), de una
psicología utilitaria (descifrar lo “latente” que percibe el otro sólo para
poder manipularlo mejor), o una teoría comunicacional utilitaria (cómo
“penetrar en las mentes” de los adversarios o clientes). Vale decir: la
reflexión, el pensamiento y la ciencia, al servicio de la manipulación, el
poder y el usufructo personal. En este punto se condenza la propuesta
intelectual básica del libro.