El Marqués de
Sade y la Revolución Francesa
Pablo Besarón.
El Marqués de Sade (1749-1814), es un hombre de su tiempo.
Su vida y su escritura, durante el siglo XX, tras su reivindicación hecha por
Apollinaire y por el surrealismo y tras la difusión de las ideas de Nietzche y
de Freud, se han convertido en precursores de nuestro tiempo.
Sade como precursor de nuestro
tiempo
Leyendo
sus libros, por más que le pese al ex-seminarista Jacques Lacan, puede verse
que se anticipan algunas ideas tanto de Nietzche como de Freud. La escritura de
Sade es nietzcheana en cuanto a la crítica del cristianismo como una doctrina
que implica asumir la debilidad de sus seguidores que, negándose a moverse por
sus impulsos y su voluntad, acatan pasivamente la sumisión a un conjunto de
reglas que no hacen sino restringir la libertad y la voluntad individual. “Esta
es la historia de un largo error”, dirán tanto Sade como Nietzche. Del
pensamiento de Freud, en Sade puede encontrarse tanto la noción de que todo
impulso amoroso implica en su origen un deseo sexual (esto mismo ya había sido
dicho por Ovidio en el siglo I a.e.c. en su Ars Amatoria), como el
concepto del incesto como algo presente constantemente en la vida de las
personas. Y fundamentalmente, la idea de que las leyes y la sociedad en su
conjunto (o el “interdicto” según George Bataille) tienden a sancionar y
reprimir el deseo sexual.
Sade en el contexto de la Revolución
Francesa
Sin
embargo, a pesar de que nosotros, lectores post-freudianos y post-nietzcheanos,
reconozcamos en la lectura de Sade huellas más próximas a nuestro modo de leer,
Sade es un hombre de su tiempo. Sus ideas están impregnadas por el contexto de
la revolución francesa.
La
utopía social para Sade se funda en dos nociones: naturaleza y libertad. El
comportamiento de las personas, según Sade, debería estar regido por las leyes
de la naturaleza, que suelen estar deformadas y aplacadas por las instituciones
sociales, por el matrimonio, por la sanción contra el adulterio y por la
sanción a todo deseo individual. Frente al “hombre natural” de Rousseau que
nace bueno y la sociedad lo deforma, la naturaleza en Sade nos hace nacer
solitarios y egoístas. Por otra parte, la naturaleza se rige por leyes de
creación y de destrucción, irracionalidad y exceso. La normativa social aplaca
todos estos ademanes “naturales” de desenfreno y de tendencia hacia el crimen
en toda persona. La naturaleza viene a sustituir en el pensamiento de Sade
aquello que le atribuye a la religión y a las leyes: tiene un carácter
despótico e irrevocable. Sade reemplaza el despotismo de aquellas instituciones
que condena por otro despotismo supuestamente “natural”.
Un noble burgués
Su
pensamiento y su vida son los de un noble que piensa como un burgués; es decir,
dicho con palabras de su época, alguien con ciertos ademanes despóticos y
privilegios de clase, y a la vez, un republicano que aspira a la libertad
individual. Para lograr una plena libertad individual, regida por las leyes del
deseo, hace falta negar al otro. Así, por ejemplo, las mujeres por su propia
naturaleza nacieron para saciar los deseos de todos los hombres. En palabras de
Bataille, “Sade intentó utilizar los privilegios que poseía del régimen feudal
en beneficio de sus pasiones”.
Lo
rescatable del pensamiento de Sade consiste en que vio la faceta que suele
negarse en el hombre en cuanto al deseo, lo irracional y la sexualidad. Su
límite consiste en la afirmación absoluta del deseo en desmedro tanto del otro
como de la humanidad como instancia cultural (“Nada nos diferencia de los
animales”, dirá en su Filosofía en el tocador). El hecho
de que el único patrón válido para regirnos consista en acatar la voluntad individual,
sin miramientos hacia quien nos rodea, sin que el asesinato, la violación y el
adulterio impliquen una sanción social, es un individualismo a ultranza que
niega la humanidad y la contradicción.
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